
Construcción con tierra en la ciudad: una experiencia viva desde Guadalajara
abril 7, 2026Para quienes trabajamos en educación básica —seguramente en otros niveles es lo mismo— no es ningún secreto que las semanas previas a los periodos vacacionales son extenuantes. Dicen algunos de mis colegas que uno “se arrastra como puede” para llegar al ansiado último día de clases y poder disfrutar de las tan “merecidas” vacaciones.
Estas semanas previas al receso vacacional de abril no fueron la excepción. Se vivieron días de mucho estrés emocional, de cansancio acumulado por esfuerzos que, muchas veces, parecen en vano. A veces siento que pareciera ser incluso que no hay que esperar a las semanas previas a las vacaciones para sentirse de esa forma. Hay ocasiones en que he dialogado con mis compañeros docentes y esta sensación de cansancio, de frustración, de desesperanza se comienza a experimentar desde las primeras semanas del ciclo escolar.
Pero, ¿por qué? ¿Será que esto ya es lo normal para alguien que se dedica a la educación?

El diálogo como refugio
Movida por la eterna tensión entre mi desesperanza y mis esperanzas, decidí dedicar las últimas clases antes de vacaciones a dialogar con mis estudiantes sobre las sensaciones que estaba experimentando. Me dije: “tal vez también estén pasando por lo mismo y podemos acompañarnos en el camino”.
Resultó ser que sí. Se sentían cansados, desconectados, con incertidumbre; como dijo una de ellas, se sentían en “piloto automático”. Al intentar indagar más en las causas de nuestros sentires, salieron preguntas muy interesantes que creo siempre han estado rondando de generación en generación:
- ¿Quién inventó la escuela?
- ¿Para qué tenemos que hacer exámenes?
- ¿Por qué no podemos tener otras materias?
Si bien estas preguntas venían de un descontento generalizado, así como del hartazgo de no lograr comprender el por qué de lo que hacemos en la escuela, también noté que eran preguntas genuinas. Al final, hablar del por qué de la educación con estudiantes, dentro de un aula, es lo que tendría que estar pasando mucho antes que profundizar en los contenidos de la materia; al menos eso pensé.
Una conversación que desborda el aula
El diálogo estuvo intenso, muy revelador, como lo es siempre que se abre el espacio para dejarse sentir y reflexionar desde lugares de cuestionamiento. No fue un diálogo que duró una clase; en algunos grupos se prolongó a un par de clases. Aproveché un poco el ánimo del estudiantado de “querer perder clases” y di continuidad a lo que había estado surgiendo.
Me causó mucha ternura y sorpresa que en un grupo el diálogo ya no se pudo seguir dentro del aula por otras actividades de la escuela, pero algunas estudiantes me buscaron en los recesos y pasillos para seguir con el “debate”, como le llamaron ellas.
Nuestras Conclusiones
No estoy muy segura si llegamos a alguna respuesta que nos complaciera y llenara el corazón, pero lo que sí puedo compartir es que llegamos a diversas conclusiones:
- La liberación del desahogo: Como dijo un estudiante: “ah, qué liberador se siente desahogarse”. Muchos reconocieron que su cansancio venía de no entender para qué les iba a servir lo que estaban estudiando.
- La democratización de la palabra: Una estudiante compartió: “me gusta escuchar a quienes nunca había escuchado en clase”. Escuchamos voces críticas y perspectivas que normalmente no imperan en la escuela.
- La educación como encuentro: Basándome en Pedro Ortega Ruíz, entendimos que la educación no se da “desde arriba” (imposiciones), sino desde lo que se crea entre las personas. Cuando el cuidado estuvo al centro, ese cansancio compartido logró convertirse en escucha, en sostén y en comprensión.
La relación de alteridad
El encuentro del que habla Ortega Ruíz se da a través de actos de corresponsabilidad. Esos días yo me sentí sostenida en mi cansancio y agobio por la respuesta que tuvieron mis estudiantes. Experimenté la “relación de alteridad en la educación”: alguien irrumpió en mi vida, rompió con mi inercia y quebró la soledad de mi “yo”, de mi cansancio y de mi frustración.
Me dejé irrumpir por mis estudiantes. En esos diálogos encontramos la verdad del otro, que no es más que hacernos presentes a la vulnerabilidad y las fragilidades de quien comparte contigo el encuentro.
Un mensaje final
Por lo anterior, mis estudiantes y yo les queremos dejar este mensaje:
- Que las semanas previas a las vacaciones dejen de ser agobiantes.
- Que el ciclo escolar deje de pasar rápido.
- Que la educación se convierta en encuentro; un encuentro que sostiene y acompaña las fragilidades, pero también que deja emerger las esperanzas, las preguntas y la duda.
Escrito por Daniela Guadalupe Orozco, estudiante de la Maestría en Innovación Educativa para la Sostenibilidad.
Referencia bibliográfica:
Ortega Ruíz, P. (2017). “La educación es un encuentro con el otro” en Revista Virtual Redipe: año 6, vol. 8.
Las opiniones incluidas en este artículo son responsabilidad de quien las escribe y no reflejan la postura de la Universidad del Medio Ambiente.

